Sobre el tiempo presente

Sobre el tiempo presente

José contreras ante el patíbulo

Siempre les digo a mis estudiantes que si quieren conocer el origen de todas las degradaciones de la práctica política dominicana que estudien la Restauración. La Restauración es el primer gran fenómeno de participación popular de la historia dominicana, y de ese acontecimiento surgirá el núcleo histórico de la partidocracia, el prebendalismo, el clientelismo como forma de apropiación de la voluntad colectiva y negación de derecho, la concepción patrimonial del Estado que hacía del líder macutero una fuente de enriquecimiento, el “comeburrismo”, la desinstitucionalización, la corrupción vinculada al pragmatismo de la política, el providencialismo, etc. Y sale, además, la derrota de la tradición liberal.

Esto se dice fácil, y uno no quisiera hacer historia posfactual, pero si el sesgo liberal hubiera triunfado la tradición democrática hubiera caracterizado la vida institucional de los dominicanos, y no el pesado fardo del autoritarismo. Porque es bueno recordar que Ulises Heureaux provenía del Partido azul, y que fue el continuismo, la ambición de poder, lo que hizo torcer el sesgo liberal que le impuso a su gestión, desvirtuando para siempre las posibilidades del liberalismo en nuestro país.

De ahí en adelante el autoritarismo se convertirá en algo natural en nuestra historiografía, y el continuismo despedazará sin piedad cualquier aspiración institucionalista. Es lo que estamos viviendo en el presente.

Si algo es la Restauración, al margen del reconocimiento de una identidad ya cuajada, es un gigantesco molino del cual brotarán los grandes males de la nación, contra los que clamará toda la quejumbre filosófica teórica de los intelectuales dominicanos del siglo XIX y principios del XX. Ese numeroso liderazgo enfrentado en el tumulto de las incesantes contiendas, se acostumbró a empinarse a favor de sus intereses, y la hermosa y conmovedora iconografía del héroe restaurador cobró, constante y sonante, con honrosas excepciones, la buena conciencia de defender el ideal de patria. La guerra auténtica, culminación del proceso de la independencia dominicana, es la Restauración. Y ella engendró la definición de la identidad. Al mismo tiempo, parió el partidarismo, y la recua infinita de caudillos encaramados sobre el presupuesto.

Por eso, cada 16 de agosto, la figura restauradora que me llega a la memoria es la de José Contreras. Casi ciego, demasiado viejo para la época como para morir en esos afanes, caminando achacoso hacia el paredón en el que sus carceleros lo sitúan para ser fusilado, tocando a tientas la fría brisa de la mañana.

La gente piensa que son los grandes momentos los que construyen la vida, pero en la piel de esa vanidad tímida de que te vean morir por la patria, hay un inventario de rostros, de pequeñas historias, de acontecimientos talvez sin importancia, que pasan como un celaje por la mente de quien en unos instantes morirá. ¿En quién pensaría ese héroe casi ciego y casi viejo, que ni siquiera podía ver la boca de los fusiles al oír el rastrillaje previo a la explosión de la pólvora? ¿No surgía, acaso, de su propia desdicha, del sacrificio que en ese mismo instante comenzaba a simbolizar, una idea de patria completamente diferente a la que luego nos legaron muchos de los prohombres de la Restauración? ¡Oh,

Dios! José Contreras demudado de color ante el patíbulo es una captación turbadora de nuestro acontecer, y cada 16 de agosto vuelve a subir temblando para que lo fusilen, a él, el casi viejo achacoso que se lanzó, él primero, a defender una idea de nación en la que, en rigor, muchos de los líderes restauradores no creían.

Frente al patíbulo, los ojos que casi no ven hurgan el día que apenas se asoma, y el patriota casi viejo que ha de morir masculla una rastrera e indeseada compasión. Por pura probidad espanta una lágrima postrera que asoma, y cuando los disparos suenan, él abre el pórtico de nuestras vicisitudes, y nos dona ese símbolo que lo trasciende, hacia el cual deberíamos virarnos cada 16 de agosto.

Autor: Andrés L. Mateo.

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