‘El Cristo ciego’ pone a prueba la fe de los espectadores

‘El Cristo ciego’ pone a prueba la fe de los espectadores

En agosto de 2010, el mundo entero quedó perplejo ante las imágenes que llegaban desde el norte de Chile: 33 trabajadores de la mina San José quedaron atrapados durante 70 días por un derrumbe accidental. Por aquellos días, todos los ojos apuntaron a Copiapó, pero como suele suceder en estos casos, una vez que los mineros emergieron de la tierra, la atención se disipó. A 16 años de ese hecho, la realidad de los habitantes de esa región de Chile no ha cambiado. Eso es lo que retrata El Cristo ciego, un film de 85 minutos que participa en la competencia internacional del Festival de Cine de Mar del Plata y que apenas cuenta con algunos diálogos, aunque ni falta le hace: la dirección de fotografía, a cargo de Inti Briones, y la música del compositor ruso Alexander Zekke lo hacen todo por el guion.
Murray elige una manera original de desnudar la pobreza y el abandono por parte del Estado que sufren los habitantes del norte de Chile. El único actor de raza que compone el elenco, Michael Silva, encarna a un mecánico de 30 años que afirma ser un iluminado. El cree que “cualquiera que se dé cuenta que está hecho de Dios, puede sanar”, y bajo esa premisa encara una particular peregrinación por el desierto al encuentro de un viejo amigo que se fue a trabajar a la mina. En su camino se encontrará a vagabundos, sicarios, drogadictos y mujeres abandonadas y hasta celebrará bautizos en el río como en la Biblia. El largometraje ignora la figura de Cristo de rasgos arios y discursos pirotécnicos, y presenta al protagonista como un mesías latinoamericano que reparte parábolas en jogging, encendiendo poco a poco la esperanza en un pueblo invadido de carencias. El joven director chileno recorre con su cámara quieta los horizontes que atraviesa el protagonista en su largo camino, reflejando el interior de los personajes a través de los paisajes: desde los exteriores áridos hasta los interiores despojados de cada hogar, trazando un mapa que propone al milagro como un hecho político más que metafísico.

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La falta de diálogos resulta ideal en una película donde participan actores no profesionales y rodada en un lugar del mundo en el cual no parece haber espacio para la repregunta ni los cuestionamientos. La película promueve el arte de escuchar en un sitio donde nadie habla y comulga la posibilidad de derribar muros solo con la fe, en un desierto donde ese trabajo es del viento.

“El Cristo Ciego es para mí una historia única sobre un joven que intenta sobrellevar una dura realidad utilizando un milagro y la manera en que las comunidades religiosas pueden encontrar una razón de vida a través de su camino. Sin profesar ninguna religión, hice esta película porque estoy convencido de que al reflexionar sobre la fe podemos destapar los conflictos sociales que históricamente han plagado nuestro país y nuestra sociedad”, afirma Murray. “Una de las historias que recreamos es la del sicario, inspirada en una persona que conocí en un centro de rehabilitación. Las cicatrices que se ven son los balazos que recibió. Esa es una verdad irrepetible. La experiencia creativa de poner a alguien a vivir la propia vida contada como en un cuento es una experiencia única y muy sugerente”, cuenta el realizador.

Pampa del Tamarugal es la locación en la que se rodó el filme. Está ubicada en la región de Tarapacá, a unos 2.000 kilómetros al norte de Santiago de Chile, cerca de Iquique. Es una zona con gran amplitud térmica y que sufre una profunda sequía, a pesar de contar con numerosas reservas de agua en los subsuelos. Su geografía está dominada por los desiertos y las salitreras. Se trata de un lugar al que no llega ni Dios, pero que -en palabras del director- son “esos desiertos que han marcado nuestra humanidad y nos permiten penetrar en los conflictos del país”.