Federer es infinito

Federer es infinito

En los días que juega Roger Federer en Wimbledon, se sabe el resultado aun sin tener entrada para la Pista Central. Solo paseando por su siempre abarrotada colina Henman Hill (ahora rebautizada de Murray), o por los pasillos engalanados con flores que cada día maquillan de blanco y morado, puedes seguir el tanteo por el rugido del público, siempre varios decibelios más alto si es el suizo quien logra el punto o regala uno de sus trucos de magia. Y los ofreció todos en una final de ensueño, empañada un ápice por la lesión de Marin Cilic. Aún así, su leyenda se eleva hasta el octavo título en Wimbledon, y ya son 19 Grand Slams. Para hacerse infinito.

Fue Marin Cilic su última víctima, en una hora y 41 minutos. El croata llegaba a su primera final en el All England Tennis Club con un buen puñado de opciones. Unas las tenía en su raqueta, imperial al servicio, rápido en la defensa, confiado con su derecha; otras las llevaba en la mochila, en los precedentes con el suizo, a quien le puso en muchísimos apuros en cuartos de final el año pasado y le arrebató el título en el US Open de 2014.

Pero no tuvo su mejor día ayer. Fue Federer quien se lo amargó desde que el suizo levantó la primera opción de rotura que tuvo. A partir de ese momento, el de Basilea mantuvo segurísimo su saque y se lanzó a la aventura de atajar los potentes servicios del croata. Le sirvió para conseguir el primer break, a la segunda, en el quinto juego. Una renta suficiente para desbaratar las opciones de igualdad que se presagiaban antes del sorteo de campos inicial.

En el descanso entre sets, Cilic pidió la asistencia del médico, que le trató el pie izquierdo. El croata continuó en el partido, aunque en el segundo set apenas pudo hacer nada ante la propuesta de juego firme y preciso de Federer. Con juegos que apenas llegaban al minuto, el suizo volvió a meterse un metro dentro de la pista en los restos, obligando a Cilic a echarse para atrás y a tener que jugarse los golpes desde el fondo con demasiada prisa porque las respuestas llegaban vertiginosas.

No dio tregua Federer, que logró dos breaks y solventó el segundo set con 6-1. Se cumplió la hora de juego cuando ya los dos tenistas descansaban para empezar el tercer set. También entonces Cilic pidió la asistencia médica, desencajado de dolor el croata que escondió las lágrimas bajo la toalla. Un alivio para su pie y su ánimo antes de la última pelea que Federer le iba a proponer. Sin abandonar sus servicios, volvió a presionar al croata desde el resto, como con prisa por levantar su octavo título en Wimbledon, por saborearlo lo antes posible.

Pero la medicación hizo levantarse a Cilic y mantuvo la compostura con más agilidad que en los dos sets anteriores. También su servicio, con velocidades descomunales, que lo mantuvo por arriba en el marcador.

Pero en el séptimo juego Federer dio la dentellada definitiva a un Cilic malherido, que fruncía el ceño incapaz de encontrar un respiro ni con sus mejores armas. El desgaste de esta semana con partidos maratonianos se le notó en el rostro, sudoroso y compungido en cada pelota que le envió Federer para conseguir el break que necesitaba para acariciar ya su octavo Wimbledon.

Lo intentó atrapar al resto, pero Cilic alargó un poco más un final que ya parecía inevitable. Al servicio, con algo de emoción en los primeros puntos, Roger Federer se hizo infinito en Wimbledon. Un servicio a la línea alargaba un poco más su leyenda, alargada hasta esos 19 grandes con 35 años y 344 días.

En el palco aplaudió su familia entera, con sus padres, su mujer Mirka y sus cuatro hijos, vestidos para la ocasión, con traje para los pequeños. Federer, en el banco, se deshizo en lágrimas al verlos. Y que ellos lo vieran ganar su octavo Wimbledon.

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