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Hobbes contra Rousseau: ¿somos buenos salvajes o lobos? Una solución inesperada

Hobbes contra Rousseau: ¿somos buenos salvajes o lobos? Una solución inesperada

La antopóloga hizo las maletas y se mudó a Samoa en 1925. En aquella remota isla acariciada por la brisa del Pacífico halló gentes sencillas que recolectaban ñames, boniatos y bananas mientras los niños correteaban felices de un lado a otro. “A veces el sueño no llega al poblado hasta pasada la medianoche; entonces, finalmente solo se oye el plácido rumor de los arrecifes y los susurros de los amantes, y todo el pueblo descansa hasta el amanecer…”. La admirada visitante concluía en su libro ‘Adolescencia, sexo y cultura en Samoa’ (1928): “Es un lugar donde nadie se juega la vida, ni paga un precio muy alto, ni sufre por sus convicciones o lucha hasta la muerte por un final especial”. Margaret Mead había descubierto el Paraíso.

Samoa resolvía así una antigua y épica discusión sobre la naturaleza humana, la que enfrentó entre dos siglos a Thomas Hobbes y Jean-Jacques Rousseau acerca de si el hombre era intrínsecamente malo y violento y necesitaba del estado para domeñar sus instintos, como pensaba el primero, o por el contrario nuestra especie se mostraba bondadosa y pacífica de forma natural y era la sociedad la que la corrompía, como aseguraba el segundo. Hasta tal punto se convenció Mead de la victoria del ginebrino tras hallar al “buen salvaje” en Samoa que años después certificaba: “La guerra es solamente una invención”. En 1969, cuando se jubiló del Museo Americano de Historia Natural, era la antropóloga más famosa del mundo y había demostrado, para satisfacción de millones de lectores, que el estado natural del ser humano es la paz.

Margaret Mead (en el centro) en Samoa en los años 20
Margaret Mead (en el centro) en Samoa en los años 20

Subyugado por la fuerza de aquellas ideas que sonaban a música celestial en los años del amor libre y las protestas contra la guerra de Vietnam, otro antropólogo americano se instaló en la frontera entre Brasil y Venezuela con la seguridad de encontrar nuevos y buenos salvajes entre las tribus yanomamis que la habitaban. No fue así. Lo que Napoleon Chagnon observó aterrorizado fue una violencia tenaz: maltratos familiares, venganzas personales constantes e interminables guerras y saqueos entre poblados vecinos. Tras dos décadas de acopio de estadísticas, Chagnon registró que aproximadamente una cuarta parte de los hombres yanomamis morían violentamente, y dos de cada cinco participaban en al menos un homicidio a lo largo de sus vidas. Peor aún, Chagnon llegó a la conclusión de que la violencia tenía su recompensa. De media, los asesinos eran padres de tres veces más hijos que los hombres que no mataban.

Los yanomamis, el pueblo feroz
Los yanomamis, el pueblo feroz

Aquello era demasiado. La Academia cargó contra Chagnon, fue acusado de pagar a sus informantes -lo que era cierto- y en 2002 el Comité Ejecutivo de la Asociación Antropológica Americana censuró oficialmente sus métodos de trabajo y rescindió su informe -lo que nunca había ocurrido. Más adelante, Chagnon llegaría a ser culpado depropagar el sarampión entre los yanomamis. Rousseau emergía una vez más triunfante.

Al Capone en Samoa

Pero entonces un investigador neozelandés llamado Derek Freeman que escudriñaba desde hacía tiempo en los archivos no publicados de Margaret Mead se percató de que la celebridad de la antropología lejos de aprender el idioma de los samoanos, de “comer con ellos y sentarse descalza y con las piernas cruzadas en el suelo de tierra”, apenas había aprendido a pronunciar dos palabras del dialecto local y había vivido en un bungalow con un farmaceútico norteamericano y su familia sin dar cuenta de su identidad. Freeman llegó a la conclusión de que Mead había pasado por alto lo que los archivos policiales desde 1920 en Samoa dejaban claro: que la isla alcanzaba tasas de muerte violenta más altas que Estados Unidos -lo que no era poco, en la era de Al Capone.

'Guerra. ¿Para qué sirve?'. (Ático de Los Libros)
‘Guerra. ¿Para qué sirve?’. (Ático de Los Libros)

“Y para empeorar las cosas, en una entrevista en 1987, Fa’apua’a Fa’amu (para entonces ya una tatarabuela, pero en 1926 una de las principales fuentes de información de Mead) confesó que ella y su novio Fofoa pensaban que Mead era tan cómica como los yanomamis veían a Chagnon, pero con una gran diferencia: Mead jamás se enteró de que los indígenas le tomaban el pelo. Avergonzada por la obsesión de Mead por el sexo, Fa’amu dijo que ‘nos parábamos de soltarle una mentira tras otra’. ‘Adolescencia, sexo y cultura en Samoa’ se basó, así pues, en lo que un par de adolescentes fantaseaban acerca de sus hazañas sexuales“.

La cita es de ‘Guerra: para qué sirve’ (Ático de los Libros), el último título del historiador Ian Morris, una espectacular y paradójica defensa de la guerra como motor del progreso humano que llegará a las librerías españolas en septiembre. Ya en ‘Cómo funciona la mente’ el psicólogo cognitivo Steven Pinker glosaba así la impostura de Mead: “En antropología, una isla paradisíaca de los mares del Sur tras otra resultó ser repulsiva y brutal; Margaret Mead afirmaba que la práctica indiferente del sexo hacía que los samoanos estuvieran satisfechos y no padecieran la lacra del crimen; luego se acabó demostrando que los jóvenes se aleccionaban unos a otros en la técnica de la violación. Mead calificó a los arapesh como un pueblo ‘bondadoso’; luego se demostró que eran cazadores de cabezas. Mead dijo que los tshambuli invertían sus papeles sexuales, los hombres se peinaban haciéndose rizos y se maquillaban; en realidad, los hombres pegaban a sus esposas, exterminaban a las tribus vecinas y consideraban el homicidio un hito crucial en la vida de todo joven varón que le permitía llevar aquella cara pintada que Mead había considerado tan femenina”.

La paradójica respuesta

¿Pero entonces? ¿Hobbes o Rousseau? ¿Lobos o corderos? Lo paradójico, según argumenta Morris, es que somos lo primero… y gracias a ello nos hemos convertido en lo segundo. “Las sociedades se han hecho más grandes y se han pacificado internamente, la población y la riqueza han explotado, y la proporción de la humanidad que muere violentamente se ha desplomado. (…) La guerra ha hecho a la humanidad más segura y rica”.

Mientras que en la Edad de Piedra entre el 10 y el 20% moría por la violencia, en el siglo XX apenas habría perecido un 1/ 2% del total

El historiador defiende así, en la línea del citado Pinker o de Norberto Elias, Lawrence Keeley, Lewis Richardson, Azar Gat o Jared Diamond, que una montaña de datos reunidos a lo largo de la última década demuestran que el mundo es más pacífico de lo que nunca lo ha sido, que nunca han existido menos guerras ni menos crímenes. Lo que ocurrió gracias al efecto “civilizador” de la propia guerra que erigió “estados leviatán” cada vez más grandes, pacíficos y prósperos. Mientras que en la Edad de Piedra entre el 10 y el 20% de los seres humanos morían a causa de la violencia, en el siglo XX -con su duplo de guerras mundiales-, apenas habría perecido un 1/2% del total. Harariresume a su vez el estado actual de la violencia en ‘Homo Deus’: “En 2012 murieron en todo el mundo unos 56 millones de personas, 620.000 a consecuencia de la violencia humana (la guerra mató a 120.000 personas y el crimen a otras 500.000). En cambio, 800.000 se suicidaron y 1,5 millones murieron de diabetes. El azúcar es ahora más peligroso que la pólvora“. La tesis tiene por supuesto detractores como Christopher Ryan, Cacilda Jethá, John Horgan, Douglas Fry o los brillantes aguafiestas John Gray y David Rieff. Sus réplicas son interesantes, reconoce Morris, pero los datos juegan en su contra.

El ser humano se acostó hobbesiano y despertó rousseauniano, el bruto violento mutó en buen salvaje, la guerra interminable gestó la paz perpetua.

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