La Negra

La Negra

Para saber adónde ir conviene conocer de dónde vienes. Lo que yo pueda tener de justo, juicioso, emprendedor y aplicado me viene de mi abuela María Consuelo, La Negra. Tronco y sostén, de donde surge lo que haya o no de grande y bondadoso en mi familia. Si a alguien debemos lealtad, respeto y apego es a esa savia nutriente forjadora del carácter y buen humor (la inteligencia se nos vela en el buen sentido del humor), fuentes y motivos de una vida productiva que valga la pena.

Una larga cabellera de pelo lacio, negro azabache, a veces en clinejas, adornaba su cara con un lucimiento apenas superado por su dulce humildad.

Tímida, a menudo sonriente, refugiada en las carencias y debilidades de una mujer sola, con ocho hijos que sacó hacia adelante. Tres hombres, ya desaparecidos, quienes supieron mantener la frente en alto, asumiendo posiciones y acometiendo tareas que hicieron de ellos personas de bien, punteros en sus respectivos oficios. Sus cinco hijas sacaron de ella el amor al trabajo, sin asomarse ni por casualidad a la claudicación ni a las pequeñeces.

Yo gozaba –no lo puedo negar-, del privilegio de su amor inconmensurable, y el consentimiento propio de los abuelos. Pocas veces la vi acongojada. No tenía tiempo más que para ocuparse de las cosas de sus hijos y nietos, que fueron llenando la casa de travesuras y alegría, la que se me antojaba inmensa.

Mi tío Arturo, su tercer hijo, heredó de La Negra su peculiar sonrisa de oreja a oreja, carácter, firmeza y, por qué no, una cierta rebeldía. Defendían y se apegaban a lo que creían con pasión. Arturo, como ella, renegaba de la dictadura, con la discreción que exigía la circunstancia. La vocación de comerciante –que en mi abuela quedada relegadas a sus limitaciones-, en Arturo alcanzaron los niveles más altos, en todas las posibilidades. Preponderante líder comercial local, en su época. Mi madre Hilda dio sus pequeños pasos en los negocios,
El amor a la lectura, la pasión por los estudios, dudar y escudriñar, nos viene de ella, siempre atenta a lo que traía El Caribe cada dia, y a lo que decía la radio de Cuba, sin importar el riesgo que significaba escucharla. Rechazaba y se apartaba de los comportamientos hipócritas e indignos anidados en el fanatismo religioso, refugio de canallas y rufianes que la sociedad auspiciaba y presentaba como notables.

Nunca fue a la iglesia, a no ser por cumplimiento. Entendía –ahora deduzco- que el endiosamiento y mitificación de los curas propiciaba el engaño.

Autor: Eduardo Álvarez

Autor: Eduardo Álvarez

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