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De “líderes políticos” y jefes Dios nos libre

De “líderes políticos” y jefes Dios nos libre

Un líder no tiene la necesidad de auto proclamarse, a menos que deba reforzar su auto estima, como los “puros machitos” mexicanos, que cantan sus glorias a pesar de sus fracasos: No tengo trono ni reina, / Ni nadie que me comprenda, / Pero sigo siendo el Rey… Ámbito de tan pobre arrogancia que no va más allá de las íntimas frustraciones de ese rey sin corona que el mariachi idealiza.

Ni siquiera a un rey coronado, como lo era el imberbe Luis XIV, le fue bien con aquel destemplado L’État, c’est moi. Su penosa suerte no responde a tal postulado. De manera que decir “el líder Fulano de Tal”, o el “jefe Perencejo” es una ridiculez, a guiño de payasada, como para morirse de la risa.

La condición de líder viene con el respeto y la pasión que despiertan algunas personas como resultado, más que de sus palabras y promesas, de sus irrefutables acciones. Nadie merece llamarse ni ser nombrado líder sin haber recorrido el largo trecho que separa a la gente común de las que la sociedad y la historia les reservan un lugar especial. Duarte, Luperón, Gaspar Polanco se llenaron aquí de los laureles de la gloria, como Gómez y Martí lo hicieron en Cuba.

El pueblo dominicano sabe también de glorias recientes en exaltadas figuras que arrancaron aplausos en las letras, las artes, los deportes y la política. Que sepamos, ninguno se vio en la necesidad de reclamar esos vítores. Galardonados, premiados o reconocidos tuvieron la oportunidad de abrazarse a sus triunfos. A su debido tiempo, a cada cual lo suyo.

Si alguien tiene que verse en la imperiosa necesidad de llamarse “líder” es porque carece del don de la prudencia y del tino necesario para entender que procediendo de tal forma no hace más que negarse la oportunidad de alcanzar esa categoría, legitimada solamente poir el voto popular, en el campo que sea. Un buen pelotero pone a la fanaticada de pie cuando juega como un campeón, no cuando grita, voz en cuello, ¡soy en mejor! En toscos luchadores esa arrogancia es una forma de subir su estima y bajar la del contrincante.

Nos sometemos a diario al escrutinio de la gente, comenzando por la familia, los amigos, en la universidad o en el trabajo. De ahí deriva nuestra condición de ser o no dirigentes. Efectivo laboratorito donde desarrollamos nuestras potencialidades Va a depender, eso sí, de lo confiable y creíble que consigamos ser a los largo de nuestra existencia. Unos votos o aplausos coyunturales, que no se sabe si obedecieron a una fuerza momentánea de rechazo o a una pasión pasajera, de ninguna manera consagran un liderazgo.

Innumerables estrellas fugaces cruzan por el firmamento y dejan atrás los escenarios, sin que nadie luego los eche de menos. Políticos de una sola aparición hay por montones. Como los hay que sólo les faltó poner en escena sus propuestas para llenarse de gloria. Se les pasó el tiempo.

A propósito, liderazgos, jefaturas y mecenazgos hace mucho que están en desuso. Nadie habla de esas jerarquías, como categoría social o como relación económica o política. De hecho, se dieron de manera accidental para estigmatizar o ridiculizar rangos caducos. Aquí, por ejemplo, el último Jefe lo mataron hace casi sesenta años. Vaya usted a saber.

Autor : Eduardo Alvarez

Autor : Eduardo Alvarez

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