Venezuela: rechazo intenso y permanente a Maduro

Venezuela: rechazo intenso y permanente a Maduro

Es 2 de diciembre de 2002 y la oposición política al presidente Hugo Chávez que se agrupa en la denominada Coordinadora Democrática ha creado un comité de conflicto. Anuncian una huelga general a la que llaman eufemísticamente Paro Cívico Nacional. Creen que es la forma más rápida para sacar a Chávez del poder.

Pero no se trata de una paralización de obreros, sino más bien un ‘lockout’ patronal. Han pasado 8 meses desde que fracasó el golpe de Estado del 11 abril y la situación interna de Venezuela sigue siendo preocupante cuando agoniza el año.

El escenario de la huelga
Los datos recopilados en el libro ‘La Nube Negra’, escrito por el exembajador de Cuba en Caracas, Germán Sánchez Otero, indican que, para el momento en que se convoca la huelga, la economía venezolana había decrecido. 1.853.000 personas estaban desempleadas, un “52% de la población laboral estaba ocupada en el sector informal”, la inflación acumulada era del 9%, el dólar pasó de 744 bolívares a 1474 bolívares y el Producto Interno Bruto retrocedió un 5,5%.

Es la segunda vez en menos de un año que se pone en juego la vida de la Revolución Bolivariana. No hay más salida que un enfrentamiento: el del pueblo humilde y su dirigencia chavista contra los empresarios (dueños de medios de comunicación incluidos) y la vieja guardia política apoyada por EE.UU.

Impunidad de los golpistas
El chavismo no ha tenido tregua. Los enemigos se mueven en el terreno político y conspirativo con total libertad luego que una sentencia del Tribunal Supremo de Justica (TSJ) –controlado por declarados antichavistas– decretó asombrosamente que los militares golpistas del 11 abril de 2002 actuaron con una conducta que “estuvo preñada de buenas intenciones”.

“Esa sentencia es un monstrum horrendum”, dirá el magistrado Alejandro Angulo Fontiveros al salvar su voto de aquella decisión judicial. Más gráfico sería el propio Chávez refiriéndose al fallo: “Ese día tuve que tragar arena, amarrar mis demonios internos”.

“Parte de guerra”
La huelga de diciembre de 2002 estrena una modalidad hasta ahora desconocida en Venezuela. Sus promotores aparecen ante las cámaras de toda la prensa privada del país, leyendo un comunicado diario que rápidamente el pueblo bautiza como “parte de guerra”.

En un forzado matrimonio, la Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV), en ese momento el sindicato obrero más grande del país -que luego terminará en cenizas-, y la Federación de Cámaras Empresariales (Fedecámaras) dirigen la huelga, calificada desde su anuncio como insurreccional por parte del gobierno.

Carlos Ortega, cabecilla de la CTV, y Carlos Fernández, de Fedecámaras, son los que dan la cara. Declaran que “por razones de estrategia decimos cuándo comienza, pero no cuando termina” esta huelga.

A diferencia del fracasado golpe de abril, a la huelga se suma activamente la nómina de gerentes de Petróleos de Venezuela Sociedad Anónima (PDVSA), hasta ese momento controlada por una tecnocracia que rechaza que el Estado, único accionista de la empresa, dirija las políticas en hidrocarburos.

No lo saben aún pero, sin darse cuenta, la derecha política, con su obsesión por derrocar a Chávez, ha precipitado una batalla anhelada por los bolivarianos: la batalla por el control de PDVSA, la joya de la corona de la economía venezolana.

A partir de este día, ya no habría vuelta atrás.

De la huelga al sabotaje
Las primeras horas de la huelga evidencian la lucha que se produce en el territorio de la capital. El este de Caracas, donde viven las familias acomodadas y la clase media alta, se paraliza totalmente. Hacia el oeste, considerada la zona popular, la ciudad funciona con absoluta normalidad.

De a poco, mediante saboteos y tomando el control desde fuera del país de centrales, ventas de crudo y refinerías, los complotados logran paralizar totalmente la industria.

El manejo de la petrolera venezolana desde el exterior era un proyecto largamente acariciado por la gerencia de la empresa. En la década de los 90, adquirieron una serie de oficinas en la lujosa Quinta Avenida de New York, dentro de un proyecto que pretendía la creación de PDVSA-York, bajo el argumento de que Caracas impedía a la petrolera estatal convertirse en una empresa global.

Para ese propósito concretaron en 1996 la fundación de Intesa, una asociación entre PDVSA y la estadounidense Science Applications International Corporation (SAIC), que controlaría desde Estados Unidos el corazón informático de la petrolera, además de ostentar la mayoría accionaria en la asociación.

Esto permitió a los gerentes de la huelga paralizar la compleja industria petrolera, sin tener siquiera que ir a sus oficinas.

En resumen, no se despachaba petróleo al exterior, mientras que en el interior se dejó de suministrar gasolina y gas doméstico. Las filas en los expendios de gasolina o para adquirir gas para cocinar eran interminables.

Lenguaje de guerra
Los medios televisivos también se suman a la huelga. Suspenden toda su programación. Ya no transmiten sus telenovelas, ni programas de variedades, tampoco la publicidad que los mantiene. En las pantallas solo se ve un letrero: ¡Vete ya!

Todos los bancos de capital privado restringen su horario y solo abren de nueve de la mañana a 12 del mediodía, lo que hace que los ahorristas se agolpen en sus puertas.

Desde el primer “parte de guerra”, leído por Carlos Ortega (3 de diciembre de 2002), se levanta el tono de confrontación. Califica de “agresiva, vandálica y criminal” la actuación de la Guardia Nacional y pide a la Organización de Estados Americanos (OEA) actuar “antes de que el gobierno asesino nos acribille”.

A medida que avanza diciembre, aumentarán las acusaciones y el tono del discurso: “el paro cívico pica y se extiende”, “pudiera haber un magnicidio contra un representante de los medios”, “estamos en las horas finales de un régimen autoritario”, “Chávez está acorralado y no le queda otra salida que irse ya”, “la protesta es firme hasta que el arbitrario abandone el poder”, “ni un paso atrás”, “está cerca el fin del régimen y el régimen se resiste a morir”.

El contraataque chavista
Al empezar el mes de diciembre, Chávez recibe el apoyo explícito de toda la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) para defender la Constitución. Con las tropas listas para el combate, envía un mensaje a Fidel Castro a través del embajador: “Infórmale a Fidel que vamos a derrotar este plan y que pronto tendremos el arma económica más poderosa de Venezuela [PDVSA], que ahora sí será del pueblo”.

Hugo Chávez, ferviente conocedor de la historia patria, tiene en mente un plan de guerra empleado por el Ezequiel Zamora (General del Pueblo Soberano) el 10 de diciembre de 1859, en la batalla de Santa Inés.

Al igual que Zamora, Chávez realiza el célebre movimiento de repliegue. Es decir, aparenta una retirada, provocando que el enemigo lo persiga. Pero el adversario desconoce que se dirige a un sitio perfectamente diseñado para una emboscada donde será aniquilado.



Así que cuando el comité de conflicto anuncia el 12 de diciembreque la empresa petrolera está totalmente paralizada y asumen que han dado la estocada final, Chávez ordena el contraataque:

– La Fuerza Armada pasa a tomar control de todas las instalaciones petroleras dentro del territorio nacional, con la orden de ponerlas a funcionar con los obreros que no abandonaron sus puestos de trabajo y con los jubilados que se presentaron de voluntarios.

– De manera simultánea, el partido Movimiento Quinta República (MVR, antecesor del Partido Socialista Unido de Venezuela, PSUV) rodea con sus militantes todas las instalaciones petroleras para acompañar el resguardo de los equipos y del personal.

– Como tercera jugada, Chávez destituye a los jerarcas de PDVSA, que son las cabezas visibles de la huelga y del sabotaje a las instalaciones: Juan Fernández, Horacio Medina , Edgar Quijano y Edgar Paredes. Este último fue quien había gritado a todo pulmón: “ni un solo barril más de petróleo para Cuba”.

– Por último, designa a dos gerentes con “plenos poderes” para las regiones de Oriente y Occidente. Los resultados se verán pronto.

Para el 13 de diciembre, los militares controlan los patios donde se llenan los camiones que distribuyen la gasolina a nivel nacional y comienzan a surtir las gasolineras de Caracas y el centro del país.

Aunque persisten las largas filas de vehículos, ya empieza a aparecer la gasolina y eso representa un alivio.

Navidad sin Chávez
Al llegar el 24 de diciembre, fecha de celebración en Venezuela, la consigna opositora es que habrá una Navidad sin Chávez.

Se ensayan los primeros focos de desabastecimiento. Desaparecen de los anaqueles los ingredientes para preparar el popular alimento navideño del país: la hallaca. La poderosa empresa Polar esconde productos alimenticios y paraliza la elaboración de cervezas. El presidente de la liga profesional de béisbol, el demócrata cristiano Ramón Guillermo Aveledo decide, por primera vez en su historia, la suspensión del torneo.

El gobierno, por su parte, llama a celebrar la Navidad y el Año Nuevo en las plazas públicas. Instala ferias donde se venden los productos típicos de Navidad a precios subsidiados y mantiene movilizada a su militancia, que confía en su victoria en el conflicto.

Desmoralizados
Los últimos días de diciembre, el gobierno bolivariano ya controla PDVSA, aunque no de forma definitiva. El comité opositor del conflicto trata de mantener un discurso de victoria sobre el chavismo.

Pero los antichavistas se desmoralizan cuando el gobierno muestra en televisión imágenes de los principales líderes opositores saliendo del país en sus aviones privados para celebrar el Año Nuevo en diferentes islas del Caribe, al tiempo que pedían “un último sacrificio” a su militancia.

Mientras, Chávez no deja de golpear. El 29 de diciembre, en su programa Aló Presidente, exige a la Fiscalía y al Poder Judicial tomar medidas contra los que sabotearon PDVSA, acusándolos de traición a la patria.

La acusación está fundamentada en la cifra suministrada por el ministro de Petróleo, Rafael Ramírez, “quien fijó en 14.700 millones de dólares las pérdidas generadas por el sabotaje petrolero”.

Del sabotaje también se responsabilizará en los meses siguientes a unos 15.000 trabajadores, que serán despedidos de la forma más simple, aplicándoles el artículo 79 de la Ley Orgánica del Trabajo: ” Serán causas justificadas de despido (…) la inasistencia injustificada al trabajo durante tres (3) días hábiles en el período de un mes”.

¿El fin?
El 17 de enero de 2002, uno de los dirigentes opositores, Manuel Cova habla por vez primera, tras mes y medio de huelga, de “flexibilizar el paro”.

El 21 de enero, ante los avances chavistas, la prensa presiona al sindicalista Carlos Ortega, que abandona el lenguaje agresivo de los meses anteriores y dice en rueda de prensa que la salida a la crisis debe ser “pacífica, democrática y constitucional”.

Cuando un periodista critica que 500 colegas han sido despedidos por los dueños de los medios sumados a la huelga, Ortega sólo consigue balbucear que el paro no era sólo de la CTV.

Su frase de respuesta quedaría en el imaginario colectivo como un símbolo del fracaso de la huelga:

“El paro no es de la CTV. Es más, este paro no es ni siquiera de la Coordinadora, porque se nos fue, se nos escapó de las manos”.

Chávez esperará un par de días y el 2 de febrero de 2002, en la misma fecha en la que asumió el gobierno cuatro años atrás, para anunciar desde el Palacio de Gobierno: “Ya hemos derrotado el plan golpista”.

Una huelga rara
Roberto Malaver, escritor y humorista venezolano, dijo a manera de sorna que la oposición venezolana “tiene el privilegio de ser muy original”, y recordó que era ” la primera vez en la historia del país que una huelga dura tanto tiempo”.

Agregó que, luego de dos meses, sus convocantes no la dieron por terminada sino que “la flexibilizaron. ¡Eso no había pasado nunca! La oposición hace una huelga que luego llaman ‘paro activo’. Una vaina rarísima, porque o estás activo o estás en paro. Venezuela debería reclamar el derecho a tener el récord internacional sobre una huelga que no ha terminado aún o pedir que alguien de la oposición la dé por terminada”.

Triunfo de Chávez
Durante 63 días seguidos, el pueblo venezolano soportó los rigores del sabotaje a la empresa que mantiene gran parte de la economía nacional.

Aquella huelga, que pretendió ser instrumento para derrocar a Hugo Chávez, se convirtió en acéfala. Ninguno de sus convocantes se hizo responsable. Nadie la dio por terminada.

Por eso en Venezuela, a manera de sorna, dicen que la huelga lleva 13 años de duración, porque nunca terminó oficialmente.